Cazadores Nocturnos – [Pedro Marín Girón]

Un azote de niebla tiñe el período siniestro de la noche envolviendo de sigilosa oscuridad los pilares de la existencia. Es un reino de sordos susurros en el que sólo el viento es capaz de retorcer el solemne himno del silencio con su crepitar de ramas y hojas, donde los dormidos se presumen vivos en lugares aparentemente muertos y donde los cazadores sólo osan distinguirse de sus víctimas por el simple don de la oportunidad.

Árboles sabios y contemplativos; confidentes y cómplices de un cielo que apenas se deja ver entre las desnudas ramas entrelazadas; se convierten en impasibles testigos de las silenciosas melodías nocturnas que forman la oscuridad.

Y en la oquedad de un tronco inerte; que yace gastado, vencido y derrumbado por el paso de los años; unos ojos clavados en un rostro plateado traspasan con su mirada la negrura vigilando lo inoportuno. La respiración permanece sigilosamente debilitada en el pardo cuerpo del depredador. Camuflado en el oscuro infinito, se mantiene a la espera de encontrar una víctima, y el momento preciso para hacerla suya.

A pocos metros, otra respiración muy distinta. Esta vez entrecortada, mantenida, parecida a un gemido de desesperación. Una figura se oculta tras la negra vegetación y, aunque sus ojos no son tan hábiles como los anteriores y permanecen prácticamente ciegos, y su oído es brusco, torpe e incapaz de descifrar el fino hilo de sonidos que conforman el silencio, su aparente inutilidad y falta de capacidad se transforman, por medio de la ira, en un sediento y acechante deseo de cazar. Su cuerpo inadaptado exhala peligro por todos los poros, y su impulso a sobrevivir no se desvanece mediante un refuerzo en forma de comida, sino en forma de expresión. Ya no hay lugar para reprimir su frustración, porque él es poderoso y pronto va a demostrarlo.

Considerado distinto; aislado del resto; marginado y apartado por quienes se creen superiores; ha llegado el momento de mostrarles su terrible error. Van a recibir el castigo de una violencia desatada que ha estado latente, creciendo y alimentándose de sus entrañas, contenida silenciosamente en lo más recóndito de su ser, esperando durante tanto tiempo el momento oportuno para desbordarse e infringir un castigo definitivo a quienes le han hecho sufrir; para que finalmente descubran que, efectivamente, él es distinto a todos ellos.

Dos asesinos nocturnos sedientos de sangre que esperan, ocultos entre la infinita negrura y el telón del silencio, a sus respectivas presas. Un depredador en su hábitat natural, y otro escondido tras lo impredecible. Dos seres de la noche completamente distintos que comparten el mismo objetivo, el deseo de satisfacer su sed de sangre.

Entre unos matorrales, vigilante al peligro, un roedor busca con empeño algo de alimento. Merodea entre la hojarasca seca en proceso de descomposición y, aún haciendo el máximo esfuerzo por ahogar su hambre en el sigilo, despide una ínfima algarabía que se convierte en perceptible desde la oquedad del árbol. El rostro plateado se gira con rapidez clavando sus grandes ojos en la presa, y se inicia el breve ritual de análisis previo a la caza. Los cálculos perfectos del cómo y del cuándo, y las más estrictas consideraciones de la velocidad, el ángulo y la distancia del vuelo. Todos los pequeños matices deben estar perfectamente establecidos hacia un único golpe exitoso. En el momento preciso seccionará como una afilada cuchilla el cuerpo del roedor en un golpe mortal, para que el esfuerzo del cazador no supere la valía de la víctima. El sufrimiento de ésta no se contempla dentro de las leyes de la naturaleza.

Sin embargo, algo inesperado sucede. De repente grandes estruendos interrumpen la siniestra coreografía de la noche. Otro ser no habitual irrumpe en la escena haciendo desaparecer rápidamente al roedor entre la maleza.

Los ojos de la figura oculta en la vegetación se abren con ansiedad al ver a una joven caminando hacia allí. La excitación arde en el pecho del cazador acelerando su respiración y secándole la boca. Sus músculos se entumecen en la lucha que se desarrolla entre la furia que los alimenta y el freno que les impide actuar. Aún no es el momento indicado, está demasiado lejos. Los instintos y los deseos sustituyen los cálculos de la efectividad, y la optimización del esfuerzo requerido para un ataque limpio se transforma en una gota de ansioso sudor cayendo por la frente de un depredador que no se rige por las leyes de la naturaleza.

La chica camina con ritmo acelerado e intranquilo; en un contexto que le resulta incómodo, con la mirada a escasos centímetros del suelo, tratando de descifrar, a sus pies, el confuso camino escondido entre ramas y hojas secas. Se sabe débil e indefensa, y sus sentidos se concentran en vigilar cada sombra, cada movimiento o cada pequeño sonido inesperado. Pero es inútil, no es su lugar ni su momento, no conoce los códigos de la oscuridad ni del silencio, y aunque, ante ella, se pudiera predecir el peligro sería totalmente incapaz de descubrirlo.

Los segundos se frenan haciéndose interminables. El ritmo cardíaco galopa acelerado en ambos casos, y el cazador aprieta las mandíbulas en un dolor visceral tratando de mitigar la tensión que ejercen sus músculos. La impaciencia se vuelve agonía y, a pesar de estar desnudo, su cuerpo desprende calor como una tormenta, mientras observa a su víctima paralizada. Está prácticamente al alcance de su mano y, al tiempo, terriblemente lejana.

De pronto ésta se alarma ante un ruido inesperado. Un agudo graznido desquebraja el silencio haciendo que la muchacha se gire con temor hacia la oquedad de un tronco inerte. Clava sus ojos con los de una lechuza durante décimas de segundo hasta que el animal emprende el vuelo hacia un nuevo escondite. Un alivio sigue al sobresalto, y le hace bajar inconscientemente la guardia el tiempo suficiente para quedar al descubierto ante el peligro que realmente la amenaza. La noche se asoma de nuevo a contemplar, en una de sus innumerables grietas, como de nuevo la oscuridad esconde, de manera racional, lo más cruento de lo irracional.

Un grito inhumano precede el sonoro estruendo de hojas y ramas que se rompen y salen despedidas en un avance desatado y violento. El cazador corre desquiciado, con el pelo enmarañado, y el cuerpo desnudo y cubierto de barro donde únicamente se distinguen los ojos carentes de sensibilidad traspasando a su víctima. La chica no tiene tiempo para reaccionar y cae embestida al suelo. Trata de zafarse con movimientos esperpénticos antes de que una garra despedace su camisa inmovilizándola. Sus intentos de gritar se ahogan de golpes que hacen estallar su boca en sangre y dolor. Araña, patalea, se revuelca tratando de zafarse, pero todo es inútil. Un rodillazo en las costillas y una fuerte mano apretando su garganta hacen que el aire poco a poco vaya haciéndose más valioso, y cada aliento que consigue salir de su boca parece ser el último. Aprieta el brazo opresor pero éste permanece frío y rígido como el granito, intenta desesperadamente golpear la cabeza de su atacante pero únicamente consigue rozarle la cara. Y de repente algo extraño sucede cuando consigue ver, entre la negrura, el rostro embarrado de un chico que, con los ojos perdidos, llora sin arrugar el gesto.

Te conozco – susurra ella en un ínfimo hilo de voz que apenas sale, moribundo, de su boca.

Un espasmo recorre el cuerpo del agresor y el tiempo se detiene por completo. Ambos se miran perplejos, y las manos que oprimían el cuello se aflojan lentamente desencadenando un ataque de respiración entrecortada que sale con dificultad de la garganta dolorida. El cazador mira a su víctima y siente su temor y su respeto. Una lágrima cruza de nuevo su cara embarrada y con la mano izquierda acaricia los labios sangrantes de ella. Le aparta un mechón de pelo con suavidad y se inclina, con gesto compasivo, para besarla.

La chica, exhausta, apenas puede respirar. Aprieta los dientes con rabia y asesta un golpe, con todas las fuerzas que consigue reunir, en el rostro del muchacho. Éste cae a un lado y ella consigue huir del lugar lo más rápido posible en una carrera de histeria sin ningún rumbo ni destino. Trata de gritar pero sólo consigue escuchar en su cabeza un agudo pitido que es interrumpido por el frenético palpitar de su corazón. Está dolorida y arañada por todo el cuerpo. No ve nada, ni nada oye. No sabe si se está alejando o si, por el contrario, se acerca a él. Y esto último la horroriza.

Tras unos minutos cae derrumbada por el cansancio, el vaho sale de su boca con ritmo desenfrenado por la extenuación. No puede dar un paso más, está agotada y, desde el suelo, mira en todas direcciones pero sólo encuentra oscuridad. Está temblando y llorando, tiene deseos de gritar y pedir auxilio, pero sabe que eso, ahora, sólo la perjudicaría. Extenuada se arrastra hacia unos matorrales para ocultarse con el máximo silencio posible, pero los gemidos y el llanto se mezclan con una respiración entrecortada. El viento remueve las copas de los árboles haciendo entrechocar las ramas y las hojas pero sus ojos permanecen clavados en las sombras, sintiendo como si un millar de ojos la estuvieran vigilando, sin conseguir ver absolutamente nada.

Por qué yo, por qué a mi – Se repite una y otra vez.

Pasan los minutos y el silencio poco a poco se hace total. Ahoga el ritmo de los latidos de su corazón apretándose el pecho con las manos y, a duras penas, consigue estabilizar la respiración cuando a un par de metros de ella una lechuza, en un vuelo directo y vertiginoso, desciende a toda velocidad cayendo junto a un arbusto. Entre sus garras un roedor que trata de zafarse inútilmente, mientras el depredador se acomoda para asestar el golpe definitivo.

Mira fijamente a su víctima y le secciona el cuerpo con el pico en una milésima de segundo. El roedor ya no se resiste, está muerto y prácticamente inmóvil mientras el cazador golpea los huesos para abrir paso a la carne caliente del bocado. La chica contempla la tétrica escena horrorizada y un grito de pánico parte el cielo en dos. El depredador gira el rostro plateado clavando sus grandes ojos negros en la chica y tras emitir un agudo gemido emprende un colosal vuelo, con la presa aferrada entre las garras, alejándose del lugar.

La chica se arrastra frenéticamente entre las hojas huyendo del espeluznante lugar. Se mueve aterrorizada con rapidez, cuando choca de espaldas con un chico desnudo y lleno de barro que la inmoviliza pasando los brazos fuertemente alrededor de su cuerpo y su garganta. El terror se apodera de ella, empieza a temblar, el ritmo cardíaco se acelera vertiginosamente y es incapaz de articular cualquier sonido. El brazo aprieta cada vez más su cuello y queda paralizada, extenuada e incapaz de escapar. El cazador tiene a su víctima.

Desde un árbol, la majestuosa ave nocturna degusta el bocado conseguido mientras observa, con aparente interés, los rituales de la oscuridad. En sus grandes ojos negros y resplandecientes, se refleja la suerte de una joven perdiendo la vida en la brutalidad que se esconde entre los recovecos de la noche. Cortes, golpes, agresividad desenfrenada y frustración transformada en la más cruenta violencia. Una sangrienta escena que no se recoge en las leyes de la naturaleza y que es extraña para este depredador, porque en este siniestro período de la noche, donde los dormidos se presumen vivos en lugares aparentemente muertos y donde los cazadores sólo osan distinguirse de sus víctimas por el simple don de la oportunidad, hoy la deformidad se ha convertido en habilidad.

Todo se limita a cazar o ser cazado, y los cazadores nocturnos más peligrosos no pertenecen, en ningún caso, al mundo de la noche.

Pedro Marín Girón

01/09/2006

5 Respuesta a “Cazadores Nocturnos – [Pedro Marín Girón]”

  1. info Dice:

    Comentarios antiguos de esta entrada:

    Carlos Bravo said,

    Octubre 16, 2006 at 22:49

    Intensa forma de poner ante los ojos las imágenes de un bosque en penumbra, de la angustia de la mujer y del peligro. Una atmósfera bien conseguida.

  2. Tesa Dice:

    Hay un cambio de ritmo significativo, desde que empiezas describiendo el bosque, los árboles, la oscuridad (muy bien y muy poéticamente, por cierto) y cuando aparece el primer depredador en el hueco del árbol… es como si hubiese que ir preparando la atención , mientras él maquina su ataque, para acelerar la acción en breve. cosa que sucede.
    Me han gustado tan metáforicas descripciones, sobre todo en ese principio de calma.
    Saludos

  3. Lau Dice:

    joeeeerrr, es un texto increible, es un texto genialll, no podría decir más, a parte de que me parece muy pero que muy bien logrado, la repeticion del principio, la atmósfera de suspense, el fino aire a Poe que desprende el relato, el paralelismo entre ambas historias (los dos cazadores) la forma en que una da a entender la otra (cómo el ratón escapa y la chica también, cómo el ratón cae, y la chica también caerá), muy bien descritos, la última frase, el modo en que se pasa a describir el contexto a describir a los personajes, cómo cada uno tiene su función y se les comprende como seres importantes para el relato, cómo ninguno sobra, así como no sobra ninguna descripción ni hay palabras de más o de menos… es un texto genial, de veras me ha gustado mucho.
    Enhorabuena

  4. Yaira Dice:

    Esta escrito de forma impecable, cada palabra esta en su lugar exacto. El efecto resulta elegante y espeluznante a la vez. Con los años mejoras aun mas, como el buen vino ;)

  5. Richard Rimachi Dice:

    Me encanta esta historia, sobre todo en el sentimiento que se siente a través de la escritura y el tono drámatico que le das, felicitaciones y, en serio, puedes ser un gran escritor.

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