Encuentro con el Conde (Recuerdos de Bucarest) - [Yolanda Barreno]
Un cálido día del mes de mayo, tres valientes amigos y yo pusimos rumbo a Bucarest en pos de uno de nuestros grupos de música favoritos, prácticamente el único por el que somos capaces de cruzar media Europa. Pero, ¡ay!, nuestra mala suerte quiso que el cantante cayera enfermo y el concierto fue suspendido.
No importa -nos dijimos- ya que estamos aquí, aprovechemos para hacer turismo.
Y dicho y hecho. Turisteo por aquí, turisteo por allá, cervecita por aquí, cervecita por allá… hasta que la noche nos sorprendió y los rugidos de nuestros estómagos nos indicaron que debíamos probar la comida local.
Puestos a “hacer el guiri” y con la euforia de hacer “la turistada” completa, acabamos frente a la siniestra puerta situada bajo un cartel que rezaba: “Drácula”. Unos aldabonazos después, un joven mayordomo nos recibía y daba acomodo en un oscuro comedor de manteles rojos, polvorientos candelabros, y una decoración que trataba de emular el más tétrico de los castillos…
De repente, mientras degustábamos algunas de las especialidades transilvanas y unas buenas copas de “roja sangre”, las escasas luces de la habitación se apagaron de pronto y una inquietante carcajada se dejó oír en los sótanos del edificio… Una voz cavernosa comenzó a ascender hacia nosotros, una tenue luz se acercaba cada vez más, y más., y más… y el Conde Drácula en persona hizo su dramática aparición ante los ojos de los comensales…
Mientras de su boca salían las inmortales frases de Bram Stoker, y su rostro adquiría el color de la cera iluminado por las velas de su candelabro, el Conde me miró fijamente, se dirigió hacia mí clavando sus ojos en los míos, y me tendió la mano invitándome a acompañarle…
Me condujo hacia las profundidades del castillo, siempre declamando, atravesando salones atestados, hasta llegar a la pasarela que daba acceso a sus aposentos.
Y allí, en lo alto de la misma, mientras montones de flashes parpadeaban bajo nosotros, me cogió la cara con firmeza, me miró intensamente y… ¡me mordió el cuello fresquito!
Todo hubiera sido muy tétrico si no fuera porque, en vez de desmayarme, me dio un ataque de risa y le estropeé el numerito jajajaja.
Muerta de risa, volví al comedor donde mis amigos me esperaban agazapados y provistos de espadas y murciélagos que quién sabe de dónde habían sacado.
Unos cuantos sustos más tarde, y después de una cena divertida, decidimos abandonar el castillo y volver al hotel. Mas ¡oh!, ¡éramos incapaces de abrir aquella puerta!, ¡estábamos atrapados! El camarero, muy en su papel de Igor, se acercó sigiloso y nos dijo:
“No preocuparse, yo abro: ¡es una puerta mágica!”
Y el portón se deslizó dejando el paso franco a la calle.
¡Ah! -exclamamos nosotros al unísono- No es mágica: ¡es corredera!
Y, entre risas, abandonamos al Conde para siempre…
Enero 21st, 2010 a las 12:28
Magnífico relato Yolanda, jajajaja… Creo que me suena de algo!!
Enero 21st, 2010 a las 13:30
Me ancanta!!!jijiji…ye corredera…
Enero 21st, 2010 a las 18:01
Que recuerdos de ultratumba me vienen a la mente; -Yo estaba allí ,y viví esos momentos de incertidumbre, hasta que vi a la potencial víctima subir por aquellas escaleras del sótano del viejo castillo, partiéndose el culo de risa y con la cara mas roja que un tomate, a causa de la sangre ingerida, claro…………….sigue así yolanda y pronto veremos tu gran obra: “relatos escalofriantes de mis viajes de ultratumba”…………Es un buen título ¡no crees! jajajajajaja, aaaaaaahahahahahahjajajajaj