Una vida no tan absurda - [Galilea]
Como cada mañana, la chicharra estridente del despertador vuelve a sobresaltarme en pleno sueño. Son demasiados años volviendo a la realidad de mi vida absurda de la misma angustiosa manera. Demasiados años, si, eso me recuerda que el tiempo no juega a mi favor; son 63 ya los que hace que un día como hoy mi madre me echó al mundo entre penurias y escaseces. Eran otros tiempos, tan diferentes al que hoy vivo, que me parece casi imposible que existieran y sobre todo, que fuera capaz de sobrevivir. No, hoy no quiero salir de entre las sábanas; quiero permanecer inmóvil, dormir, ni siquiera soñar, abstraerme por completo de lo que me rodea y dejar que este día no exista.
-¡Vamos perezosa.!..- escucho en mi oído con voz suave y cálida, mientras los labios de Manuel, mi marido, rozan mi mejilla. -¡Feliz cumpleaños ,abuela!.- continúa mientras me da un abrazo de esos que ya no reconfortan, de los que hace tiempo que dejaron de ser mi refugio y protección.
Ni siquiera abro los ojos; no me muevo, sólo me apetece decir… “déjame en paz”… pero no, sería demasiado esfuerzo. No quiero mover un músculo.
Noto movimiento en el colchón. Manuel jamás conoció lo que era pereza al levantarse. -Recuerda que hoy vendrán los niños a almorzar.- Me dice mientras se calza sus zapatillas y bordea la cama hasta ponerse a mi lado. -Venga, te prepararé un café mientras escapas de los brazos de Morfeo.- y vuelve a besarme, esta vez en la frente, para después desaparecer cruzando la puerta del dormitorio.
-Los niños.!..- pienso.: Juan tiene ya los 40, Pedro 38, Manuel y Ramón 35 y Luisa 33. Sí, los niños… vendrán con sus parejas y sus hijos y si no me fallan las cuentas, nos juntaremos dieciocho en total para comer, así que si no me apresuro no tendré tiempo de preparar sus platos preferidos y que todo esté perfecto para recibirles como merecen. No hay más remedio, aunque al abandonar la cama ya ansío volver a entrar en ella, puesto que ya todo habrá pasado.
El aroma a café recién hecho llega ya al pasillo. Entro en la cocina; la mesa está preparada, el café, las tostadas…
-¡Ya llegó la reina de la casa.!- me dice Manuel mientras retira la silla para que me siente. Reina, si, digo sin pronunciar palabra. Reina de una vida absurda, monótona e insulsa.
Tomo el café casi sin respirar, tengo demasiado que hacer y me angustia pensar que no me dará tiempo. Él ya desayunó y se afana en ordenar la cocina para despejarla y que yo pueda trabajar a gusto; él mientras no deja de silbar y tararear una alegre melodía que me incordia y exaspera. A buenas horas se le ocurre ayudar un poco, cuando en su vida ha sabido ni lo que es doblar una servilleta en casa.
-Anda vete, vete, que los hombres molestan en la cocina más que otra cosa.- Se me escapa como frase de buenos días. -Deberías vestirte e ir a recoger la tarta o no tendremos postre.-
-!A sus órdenes mi sargento!.- Contesta con una enorme sonrisa que no dudo en devolverle con desgana.
Apuro el café y me pongo el delantal encima del pijama. No me apetece ni cambiarme de ropa y… esta espalda mía… me está matando como de costumbre, pero será mejor que deje de pensar en ella. Vienen los niños y no les puedo fallar.
-Hasta luego Luisa, vuelvo enseguida y te echo una mano, ¿vale?.- me dice desde la puerta de la cocina. -Sí, sí, anda ve.- Le respondo sin volverme a mirarle.
Suena la puerta, ya se ha ido y siento tranquilidad al pensarlo. No me apetece tener a nadie dándome una conversación que no deseo. Prefiero estar sola, como siempre, con mis quehaceres y mis prisas, siempre pendiente del reloj, siempre esclava de sus horarios.
Pongo agua a hervir y empiezo a trocear verduras. ¿Cuántos kilos de cebollas habré picado en mi vida?. No sé por qué, pero viene a mi mente la imagen de cuando dejaba de amamantar a los niños y les preparaba sus primeros guisos, sencillos y básicos. Los recuerdos son como las cerezas, coges una y enganchada a ella vienen veinte más enredadas por sus rabitos. Es curioso, pero recuerdo todos los años de lucha con mis hijos. Manuel trabajaba en dos sitios diferentes para sacarnos adelante, incluso doblaba turnos y hacía horas extras. Gracias a eso, vivíamos bien, pero… la soledad, es la peor de las compañeras. A veces era incapaz de atender a todos mis hijos a la vez. No creo que fuese una madre modelo. ¿Lo notarían ellos?.
Ensimismada en mis pensamientos pasa la mañana sin sentir. ¡Fíjate! Conseguí terminar y aun me quedan veinte minutos para darme una ducha y adecentarme un poco.
Se escucha la puerta. -¡Luisa, ya estoy aquí!.- Dice Manuel desde la entrada. -Me he encontrado con Antonio, aquel que estudió conmigo, ¿le recuerdas?.- me dice mientras se quita el abrigo. Estudiar…si yo hubiese podido… -Sí, sí, le recuerdo.- respondo.
-Pues nada, me ha invitado a una cerveza, yo le he tenido que corresponder…- me cuenta entrando a la cocina con la tarta en la mano. -…en fin, que ya me ha entretenido. “Como siempre”, pienso.
-Anda, mete eso en la nevera, enseguida vengo-, le contesto.
Me doy una ducha en cinco minutos y mientras me arreglo, escucho jaleo en el salón. Ya deben estar aquí. Me da miedo salir. Ya se lo que ocurrirá, como en tantas ocasiones. Los hombres hablando y riendo por un lado, las mujeres cotilleando por otro, los niños gritando y peleándose entre medias, y yo y mi dolor de todo, ya que de tantas horas en la cocina se me ha extendido desde la espalda a todo mi cuerpo, corriendo detrás de ellos y sufriendo porque alguno se caerá y tendremos un disgusto.
Termino de vestirme y saco la caja de mis zapatos nuevos. Al ponerla sobre la cama… aquella caja… Dios mío, hizo que me trasladara en el tiempo, cuando tenía seis años. Tenía una caja idéntica. Quizá era más ancha que aquella, o más larga, quizá mas alta o de un tono mas oscuro o claro, pero… idéntica. Era mi cofre de los tesoros, mi único y mejor juguete, mi compañero de sueños y esperanzas. Con mis zapatos desgastados cuyas medias suelas ya había puesto el zapatero más de dos veces, mis calcetines mil veces zurcidos, mi vestido de tercera o cuarta mano cuyo cuello había sido dado la vuelta y cosido de nuevo porque estaba más que rozado y mi pelo tieso y enratado por la falta de alimentos atado con dos cintas arrugadas y… mi caja. Aquella niña canija iba a cambiar el mundo; soñaba con ser… ¡que se yo!, maestra y llevar conocimiento a los niños, médico y sanar a los enfermos, dueña de un banco y dar dinero a quien lo necesitara, juez y castigar a aquellos que hicieran sufrir a otras gentes… Sí… iba a cambiar el mundo, mi mundo. Iba a ser alguien. Y en aquella caja raída, guardaba mis sueños, mis tesoros, mis ilusiones.
¿Qué sería de aquella caja?. Se perdió con el tiempo al igual que mis expectativas. Desapareció no sé bien cuando ni dónde, quizás, cuando me convertí en un vulgar parásito de la sociedad cuya única angustia es no tener el almuerzo a tiempo o la colada hecha.
Un hilillo húmedo repta mejilla abajo y un nudo en la garganta me impide respirar con normalidad.
-A ver Luisa, respira.- me digo a mí misma mientras seco con cuidado mis ojos para no arruinar mi estúpido maquillaje digno del payaso más hipócrita. -Aún tienes que interpretar tu papel, por ellos, sólo por ellos…- Perfumo mi cuello y mis muñecas y salgo al salón con la valentía que nunca me caracterizó, esbozando mi mejor sonrisa.
-¡Abuela!.- gritan los niños mientras corren hacia mí que ya les espero con los brazos abiertos y encorvada pese al dolor que se empeña en partir mis riñones. Y un millón de besos y abrazos llueven sobre mí. Esos besos sinceros que sólo los niños pequeños saben dar.
-Niños, niños, dejad a la abuela.- Dice Ramón.
Todos tienen ya una copa en la mano y se hace un silencio un tanto extraño. Juan se adelanta y toma la palabra un tanto emocionado.
-Mamá, hablo en nombre de todos para decirte que estamos orgullosos de ti. Has sido una madre luchadora y entregada. Nos has dado amor, comprensión, alegría… has sido nuestro médico cuando estuvimos enfermos, consejera en momentos de duda, maestra enseñándonos los valores de la vida, juez y abogado en nuestras disputas, cuidadora, psicóloga, economista, alimento de nuestro cuerpo y nuestra alma… tantas cosas has sido para nosotros… y, gracias a ti nos hemos labrado un futuro y somos hoy hombres y mujeres de bien. Por todo ello, queremos darte las gracias y decirte… que ahora es tu momento mamá, que no se es mayor para conseguir los sueños mientras se tengan ganas y que te apoyamos y ayudaremos en todo lo que necesites para conseguirlo.-
Yo estaba perpleja escuchando a mi hijo. No comprendía demasiado lo que quería decirme, aunque agradecía sus dulces palabras. En ese momento, me entregó una caja. Era una caja de cartón idéntica a la mía, quizá más larga o más ancha, ¡qué se yo.. idéntica. Me temblaban las manos y no podía hablar. El corazón quería salírseme del pecho cuando conseguí abrirla.
Dentro había un dossier con unos documentos. Apenas podía leerlos de tanta emoción. Sólo pude ver un sello. Universidad de Derecho.
-Ya estas matriculada mamá, ahora depende de ti…- Me dijo sonriendo y mirándome a los ojos mientras su mano se posaba con suavidad en mi rostro.
Yo no podía reaccionar; era el mejor regalo que jamás me habían hecho.
-¡Feliz cumpleaños!.- gritaron todos. Y otra lluvia de besos y abrazos, sinceros estos también esta vez, me llenaron el alma.
Agosto 3rd, 2010 a las 6:59
Precioso relato