Mario Benedetti, un poeta íntimo y cotidiano

Madrid / Por Eduardo Moreno 

Mario BenedettiHoy es 18 de mayo de 2009. Es el primer día de la vida sin Mario Benedetti. Describir a alguien capaz de construir el mundo, tal y como es aunque duela, en hojas de papel, es mucho describir. Y más para alguien que, como yo, construyó parte de su universo personal y sus sueños utópicos, (me atrevería a decir que, incluso, su personalidad), alrededor de la obra de este señor de aspecto bonachón y mirada viva. Pero si me lo permiten voy a intentarlo.

Mario nació en Paso de los Toros, en Uruguay, en septiembre de 1920. No fue, ni quiso serlo, un erudito empedernido, pero sí fue un ser humano comprometido con lo que creyó justo. De sus primeros poemas poco sabemos, le costó siete libros alcanzar su primera publicación, e incluso muchos de aquellos poemas representaban, según él mismo, una realidad que no era la suya. El tiempo le hizo saber que la poesía no era un ensalzamiento de la palabra, sino que con ella podríamos hacernos “un lindo serrucho”. Con él se encargó durante décadas de derrumbar injusticias, pero también de alimentar sueños gracias a un espíritu optimista sin parangón.

El exilio, y el desexilio, marcaron su existencia y gran parte de su obra de madurez. Un poeta, escritor, cuentista y ensayista a caballo entre España y Uruguay, capaz de ver el mundo desde una perspectiva tan privilegiada, que podía describir el mundo y sus problemas globales de una forma tan sencilla y reveladora como lo hacía con cada una de las inquietudes más íntimas de sus lectores. Mario fue capaz de hacernos apretar los puños de rabia ante las inyecciones de democracia de los gobiernos americanos, pero también de llorar desamparados al saber que en aquel jardín botánico “nuestro amor fue desde siempre un niño muerto”.

Para mi, tan insolentemente laico como Mario, lo más parecido a una biblia que tuve fue su Inventario de poemas. Confieso que, en ocasiones, lo habría al azar para saber qué me quería decir un Mario que aún escribía junto a su querida esposa Luz. No obtuve pocas respuestas, pero lo que es mejor, mucho mejor, obtuve muchas, muchas preguntas que aún hoy me hacen ser un tipo inquieto sin ganas de quedarse “inmóvil al borde del camino”.

Es curioso,  y sigo desvelando interioridades que quizá a nadie le importen, conocí a Mario y hablé brevemente con él en dos ocasiones, igual que a otro de mis iconos íntimos y personales, Juan Antonio Cebrián. Creo que soy un afortunado por ello, pero sobre todo por el legado que ambos dejaron en mi personalidad y en mis inquietudes. Uno no podría entenderme sin ellos. Ahora que no están no me siento huérfano porque los poetas y los genios no mueren, siguen irradiando eternidad en aquellos que nos quedamos un rato más. Y nos quedamos aquí con la tarea de mantenerlos vivos, tal y como se merece el futuro, que aún existe, aunque más lánguido.

Hoy es el primer día de la vida sin Mario Benedetti entre nosotros, ayer se acabó el crédito de fortuna que nos dio la vida a unas pocas generaciones de poder afirmar que fueron coetáneos de un genio, que vivieron en las calles que él pisó, que pudieron cruzarse con él y entenderse con el mundo donde él habitó. Pero Mario está hoy, más que nunca, en todas partes. Quizá “en un árbol añoso de oscuros cabeceos”. Los poetas nunca mueren, porque el silencio de los sueños todavía no ha llegado. Qué difícil encontrar figuras tan íntegras y resueltas en lo justo, pero qué suerte inmensa darse cuenta de su valor y respirar hondo hasta llenarse entero de sus anhelos. Qué suerte haberte conocido, Mario, haber vivido cuando tú viviste.

Seguro que mientras escribo estas líneas Mario sigue en algún lugar escribiendo, lo más probable que conspirando. Mientras, aquí abajo, parece que empieza a llover de nuevo en este jardín botánico-mundo. Otro aguacero de despedidas y sinsabores, de agridulce emoción y adiós. Otro aguacero de dudas que hace que todos huyan en desbandada, cubiertos de periódicos o de desánimos, y aquí sólo queden los fantasmas. Ustedes, lo entiendo, pueden irse. Yo me quedo.

Una respuesta a “Mario Benedetti, un poeta íntimo y cotidiano”

  1. Irene Dice:

    Muy bello lo que has escrito y sin duda ha salido desde lo más hondo de ti… un genio como Mario nunca muere, siempre se quedará ahí, no en tus estanterías que también, sino en tu alma.
    Un fuerte abrazo Edu.

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