Autores: Espido Freire. Mundos Paralelos.
Madrid / Por Guillermo Arróniz
Primera parte: Las novelas
Espido Freire, (Bilbao, 1974) lleva ya diez años llenando las librerías y nuestras bibliotecas. Su éxito de público y su acogida por la mayoría de la crítica despertó suspicacias e incluso ciertas envidias. Pero, ha quedado claro, no se le puede negar un estilo propio. Las obras de ficción de Espido llevan una firma inconfundible, un distintivo que, al igual que los lienzos de los grandes pintores, permite reconocerlas tan pronto se observan: generan una atmósfera característica y compartida.
El objeto de este artículo no será el análisis pormenorizado de ese estilo. Sólo daremos ciertas pinceladas, apenas unas breves diapositivas, unas imágenes parciales, unas instantáneas algo borrosas pero insinuantes, sobre las obras ya publicadas dejando las observaciones en un segundo plano tras las citas elegidas (con permiso de la propia Espido para incluirlas en este artículo) de cada una de las obras que servirán de por sí para mostrar parte de ese universo de mundos que constituyen su literatura.
Ocho novelas, una de ellas dirigida a un público juvenil, hasta este 2009. Ocho sueños diferentes, que van y vienen desde la realidad que conocemos a mundos paralelos cuyo funcionamiento se rige a veces con nuestras pautas y leyes físicas, legales, psicológicas, a veces con otras completamente desconocidas: geografías creadas, personajes que mueren pero siguen presentes en las narraciones, hechos inexplicables, perversidades patológicas… dotadas todas de tintes singulares. Hay en sus novelas (como también en sus relatos) mucho de los cuentos tradicionales, de las mitologías nórdicas, de las historias de trasgos y elfos célticas. Unas canciones como baladas, unos personajes neogóticos, oscuros… toda una realidad que seduce, que atrapa como los cantos de sirenas. Y si bien es cierto que a veces sus personajes se acercan más a la sensibilidad de nuestra esfera terrestre, siempre hay algún resquicio por donde se escapan, por donde se percibe que siempre siempre algo es… diferente.
Por lo que se respecta a La última batalla de Vincavec el bandido, hay que destacar no sólo que sabe enfocar la historia a un público joven, sino ese torrente de humor cercano, distinto del de sus otras obras, demostrando que, si bien su paisaje son las historias medievales (o pseudomedievales, nada que envidiar a las sagas más conocidas, leídas ya por varias generaciones), su versatilidad, como trataremos en la parte de los ensayos, es también irrefutable. Esta obra, por otro lado, es como una llave donde se mezclan numerosos elementos de su creación, como un juego secreto donde se hubieran dado cita numerosos sortilegios que abrieran y cerraran las puertas de esos mundos que en definitiva son uno poblado por Espido Freire.
Una única teoría quisiéramos lanzar desde este pequeño homenaje a la obra de Espido. Todos esos mundos creados, sufridos, soñados, además de vasos comunicantes como lugares compartidos, nombres que se repiten, guiños de una obra a otra… tienen un algo demoníaco o infernal: el diablo se cuela en el título de Diabulus in musica, claro está, y los fantasmas de los suicidas, con sus inframundos a hombros, protagonizan la obra. Las protagonistas de Melocotones helados pasan por infiernos personales por la persecución y la soledad, por no mencionar el frío de los muertos al que podría relacionarse la naturaleza muerta de los melocotones helados. En Irlanda los personajes también viven con fantasmas de personas y animales que han muerto bajo sus manos. Donde siempre es octubre, no sólo ya en su título contiene una imposibilidad de salir, como del propio infierno (según ya avisaba el rótulo del divino Dante) sino que, además, octubre precede justamente, al mes de los muertos. Nos espera la noche tiene en su título esa semilla de lo que está por concretar, de lo oscuro y metafóricamente de la muerte. Y, aunque se trate de los cuentos y no de las novelas, El trabajo os hará libres era el lema que acogía a los “habitantes” del campo de concentración nazi de Auschwitz, el lugar creado por el hombre que más parece acercarse a la idea de tártaro con diablos que someten a torturas continuas a los condenados por toda la eternidad.
El averno, en sus más diferentes formas, metafóricas y materiales, ocupa mucho de los personajes en vida y los envuelve en la muerte. Las tinieblas se meten en los huesos, en los ojos, en los corazones, exprimidos hasta convertirse en arena. Y, a través de todos ellos, la obra adquiere tintes neogóticos, oscuros, a veces casi románicos y húmedos como inviernos de siglo once, con piedras que sudan unas gotas frías y descorazonadoras. Las sensaciones se palpan. Y en esa transmisión Espido Freire se muestra una doctora, una maestra, una sabia de conocimientos arcanos.
Irlanda. 1998.
Donde siempre es octubre. 1999.
Melocotones helados. 1999.
La última batalla de Vincavec el bandido. 2001.
Diabulus in musica. 2001.
Nos espera la noche. 2003.
La diosa del pubis azul. 2005.
Soria Moria. 2007.
“-¿Iremos al jardín del ayuntamiento? –me preguntaba la nena.
-Está prohibido arrancar plantas allí.
-Entonces, ¿por qué plantas las flores?
-A menudo, los mayores hacen cosas inútiles”.
Irlanda. Planeta. 1998.
“Existía una casa en medio del campo, rodeada de flores, de agua, de árboles oscuros, y de niños que corrían, y una abuela con collares de amatista y camafeos de coral, y un abuelo con bastón de plata. Una casita de cuento donde las niñas que crecían se vestían de largo y aumentaban sus gargantillas con una perla cada año. Y organizaban bailes en los que se deslizaban sobre el suelo de mármol con sus vestidos crujientes y entre abanicos de plumas”.
Irlanda. Planeta. 1998.
“Aun después del día de sol que había hecho, a un lado y otro del camino corrían arroyos de agua, y supuse que habría llovido. Unas cuantas ovejas desperdigadas buscaban refugio bajo los árboles negros, y balaban desconsoladas. Allí comenzaba a espesarse el bosque, y de niña imaginaba que las ramas que se recortaban contra el cielo eran brazos de trasgos y muertos que trataban de atraparme”.
Irlanda. Planeta. 1998.
“De pronto el tiempo hace tonterías, se empeña en correr o en detenerse. Hubo una época en la que yo tenía una confianza ciega en el reloj. Las horas transcurrían a su debido tiempo, más veloces en mi casa, más lentamente cuando me encontraba en el colegio, pero era un caer de arena incesante, que me hacía crecer y se medía con las dos agujillas”.
Irlanda. Planeta. 1998.
“Su voz resonaba un poco, de vuelta del eco del fondo del pozo. Esa noche la luna se asomaría al agua y esmaltaría las palabras de Gabriel, y al día siguiente las encontraría subiendo hacia mi ventana, plateadas y nítidas como pompas de jabón”.
Irlanda. Planeta. 1998.
En mil novecientos noventa y ocho se publicaba por primera vez a Espido Freire. Su aparición entre nuestras letras no pasaría desapercibida. Irlanda, que llegó a los lectores de la prestigiosa editorial Planeta, no dejó indiferente a nadie: público y crítica se pusieron de acuerdo para celebrar a la joven autora. En aquella obra, que parece tan lejana, después de un buen número de novelas, ensayos, poesía épica, relatos y artículos de opinión surgidos de su pluma, se encuentran muchos de los elementos característicos de la voz propia de Espido. Irlanda tiene relaciones de parentesco con los cuentos tradicionales, y se trata de un parentesco cercano. Aparecen, como espectros desvaídos, nombres de antepasados ricos y aristocráticos, posesiones en el campo, capillas y torretas decimonónicas y neogóticas ya en ruinas; mujeres bellas y amazonas de actitudes arrogantes y crueles (algo así como reinas madrastras orgullosas de su belleza e independencia); encantamientos… También hay lazos tendidos hacia las mitologías y las supersticiones, a la magia. De todas estas fuentes bebe Irlanda. La absoluta protagonista, Natalia, vive en un mundo que parece pertenecer más a la infancia que a la adolescencia que debería despertar en ella. Pero quizá no se trate de una negación de la realidad y del crecimiento, de un síndrome de Peter Pan. Quizá se trate de mucho más que eso. Los fantasmas gravitan a su alrededor y su forma de pensar parece ajena, distinta, enturbiada por presentimientos, presencias y creencias que no pertenecen a nuestro cotidiano día a día.
La estructura y el estilo de la obra son de una pulcra sencillez que sabe esconder el momento de la sorpresa perfectamente. La redacción marcha sobre las ruedas de una narración bien contada, con un avance paulatino, medido, donde los recuerdos y las vistas al pasado no impiden un caminar inexorable del tiempo hacia un desenlace que no se prevé … aunque quizá podría.
Irlanda es todo un cambio, una afirmación de voz propia, de personalidad literaria nacida de la unión de ríos diferentes y antiguos. Espido Freire mostraba ya en esta primera novela aparecida un deseo por la diferencia, una forma de hacer nueva y decimonónica, sencilla en lo formal, compleja en el contenido, encaje de bolillos en lo psicológico. Las flores, las plantas, tienen mucho que decir como campo semántico alegórico, como metáforas evidentes que surgen ante los ojos del lector, siendo las digitales de especial importancia. Y todas ellas para ser finalmente prensadas, asesinadas, cortadas en su esplendor, secadas y guardadas en un herbario sin fin.
La muerte, además, hace también su aparición inevitable; afirma su presencia espectacular y protagonista como en casi todas las obras de Espido. Porque la muerte es el mayor misterio de la vida, su presunto final. Aunque, en el caso de esta autora, ese final no esté tan claro.
En definitiva una obra que no podía dejar incólumes a editoriales, lectores y críticos y que la abrió las puertas y guió el camino del galardón literario de mayor dotación económica en España y que vendría un año más tarde con Melocotones helados.
“Mi madre había muerto ya. Me entregué al dolor más desgarrado; abominé del mundo y de la muerte. Sus padres aún viven, Izan, y por ello no comprende el dolor que supone perderlos, el miedo al mundo, la inmensa soledad que se abre con ello”.
Donde siempre es octubre. Seix Barral. 1999.
“Oilea es mezquina, como todas las ciudades pequeñas. Y no olvida. Responde a las leyes de la Naturaleza con un equilibrio ejemplar. La gente nace y muere con total indiferencia, como si no tuviera nada mejor que hacer”.
Donde siempre es octubre. Seix Barral. 1999.
“Incluso ha colgado muy alto, para que yo no lo coja, un tortel de anís, redondito. Lo ha escondido tan bien que sólo puedo verlo de noche, brillante y aceitoso, cuando me asomo a la ventana. Un trozo de la torta desaparece cada semana y disminuye hasta que se acaba, y entonces compra otra, una cada vez, para que yo no me entere de que se la ha comido sin darme a mí nada”.
Donde siempre es octubre. Seix Barral. 1999.
“Cuando comencé a pintar buscaba el armoto, el canon y la medida exacta de la belleza. Jamás pude hallarla, por desgracia, pero de entonces me queda el horror a lo que yo no puedo controlar y ordenar. Aun ahora lo no preciso se me asemeja brutalidad y barbarie”.
Donde siempre es octubre. Seix Barral. 1999.
Donde siembre es octubre, mes que acaba con la festividad de los difuntos, es una red, una telaraña pegajosa y poblada de la niebla que dejan los cerebros de los suicidas o las muertes de las hadas. Oilea, la ciudad que alberga la historia, o las historias, es un mundo marcado por la división social del Norte y el Sur, algo que se materializa en la calle de los Cerezos.
En Oilea las calles llevan nombres de árboles y flores, como si se ramificasen en un laberinto de maderas y ramas frágiles, carbonizadas, espesas y muertas, aunque aún queden hojas en ellas.
El libro parece componerse de cuentos que bien podrían existir de forma independiente, pero que realmente son una trama cohesionada y nada fácil de seguir. Se necesitará memoria para retener los parentescos y adivinar los odios profundos, las rencillas familiares que subyacen en esta ciudad creada por el torrente imaginativo de la autora.
Las hadas, las mariposas, los músicos de fama (primos brillantes y héroes, en cierta medida, de la ciudad), los objetos que desaparecen, la niebla que cubre la ciudad y las atracciones sexuales que marcan desgracias como en las leyendas medievales tienen cabida en Donde siempre es octubre. Este mundo parece anclado en algún siglo XIX paralelo, en algún rincón del Tiempo donde el tiempo es relativo hasta la magia o la magia negra.
La estructura es todo un reto, una fascinante colección de fragmentos de cristal con los que es posible cortarse o perderse como en un laberinto donde siempre es preciso girar hacia el recuerdo y la conciencia despierta. Libro delicado, sutil y afilado, nebuloso y oscuro como los personajes que lo pueblan y las historias que se ciernen, unas sobre otras, como una maldición inefable.
“Faltaba dinero, sobraba la droga y la violencia. Desrein se dividía en anillos bien distintos: el centro antiguo, con su catedral y sus tiendas venerables; la parte nueva, donde tenían lugar los negocios y habitaba la gente diurna; las afueras, las casas de construcción pobre y suelos irregulares, donde gente llegada de fuera, o gente de Desrein que no había sabido prosperar, que no hallaba lugar, miraba pasar sus días”.
Melocotones helados. Planeta. 1999.
“La ira fermentaba en su interior, como el vino en los lagares, y ascendía un poco más cada día, entre las casas del pueblo”.
Melocotones helados. Planeta. 1999.
“Y como los buenos pintores de corte, se esmeraba en captar los reflejos de las cadenas y el brillo sedoso de los tejidos, porque sabía que el esplendor burgués no le perdonaría que indagara en el interior”.
Melocotones helados. Planeta. 1999.
La obra que le valió a Espido el premio Planeta, y que la convirtió en la escritora más joven (hasta la fecha) en conseguir el galardón, contiene muchos de los elementos que configuran la línea de su literatura. Pero es más cercana a nuestro mundo, más real, cuenta historias que podrían haber sucedido en la sociedad de nuestros días, en cualquier gran capital de provincias moderna y en pueblos que vienen a menos de España. Tres historias, tres protagonistas femeninas del mismo nombre y un protagonista masculino, el padre de una de ellas y abuelo de las otras dos. De alguna forma parece poder situarse el contexto en España: la guerra, la dura posguerra, los cafés de señoritas de moral desenfadada, los pueblos de tierras secas y matorrales… Pero no jugaré a adivinar, por los tejados de cerámicas o la descripción climatológica, en qué posibles ciudades y lugares ha podido fijarse la autora.
Lo que cuenta es la delicada forma de entremezclar la realidad o la posible realidad: sectas, sociedades modernas, abuelos que vivieron la contienda bélica y la posguerra de duros arranques, las envidias entre hermanos… con elementos de una ficción que constituye ese mundo propio de la autora: fantasmas, nombres que recuerdan la leyenda artúrica, nombres que se repiten de tres en tres.
Sus mujeres son aquí reales, sometidas a tensiones emocionales que las empujan a inseguridad, a bulimia, a miedos comunes, a desencuentros con sus parejas, con los hombres. Los elementos quiméricos, los universos paralelos, son en esta novela una parte de la historia y no la historia en sí.
La estructura cuenta tres que son cuatro historias, como la cuadratura del círculo, y tiene pasos hacia delante y hacia atrás de forma muy comedida, muy apta para el lector medio. Utiliza ricas metáforas culinarias, pictóricas y fotográficas que enriquecen el texto y sabe ir inyectándonos la tristeza en pequeñas dosis, como se ingieren los venenos para hacerse inmune a ellos. El resultado, sin embargo, no es sólo que al final de la obra uno esté vacunado contra la melancolía, sino que se ha convertido un poco en pena, un poco en el color gris, que ha asumido la injusticia, la muerte y el olvido como parte cotidiana de la vida. Y ése puede que sea uno de los mayores logros de la novela.
“El sonar de dos clarines anunció el paso del Gobernador. Cabalgaba sobre un hermoso caballo pinto, lujosamente enjaezado, y no se preocupaba por devolver los saludos y las bendiciones que el pueblo dejaba caer a su paso. Alto, imperturbable, con una expresión de inmenso fastidio en su atractivo rostro, rematado con una nariz muy pequeña, parecía tan interesado por el desarrollo de la ejecución como por una partida de ajedrez. Una nutrida compañía de soldados, ataviados con cotas de malla y las capas azules que los distinguían, le escoltaban”.
La última batalla de Vincavec el Bandido. Ediciones SM. 2001.
“Sin duda, había subido el tono de voz por encima del nivel del grito, que suele ser lo que me pasa cuando me enfurezco. Un enfado sin un buen grito ni es enfado ni es nada”.
La última batalla de Vincavec el Bandido. Ediciones SM. 2001.
“Un desmayo a tiempo puede causar estragos en el corazón de los hombres. Mi tensión, cómo no, se encuentra perfectamente. Estoy sana como una manzana”.
La última batalla de Vincavec el Bandido. Ediciones SM. 2001.
Cuando en el año 2001 Espido Freire publicaba su primera novela juvenil, conseguía aunar para el público que la sigue todo lo mejor de su literatura y además dirigirse sabiamente a un lector más joven sin caer en las facilidades y sin tomar a los niños y adolescentes por adultos idiotas.
En La última batalla… surgen todos los cuentos, todas las leyendas de ladrones honestos (Robin Hood a la cabeza), de tiradores con arco (Guillermo Tell), todos los castillos, todos los bosques… pero bajo un cristal de humor, una ironía fresca bien sintonizada con las costumbres de nuestros adolescentes más jóvenes y culturalmente inquietos, incluso aún inocentes. Esto hace que las dos realidades, que inician claramente separadas, acaben confundidas, unidas por personajes que entran y salen de un mundo para internarse en otro como sólo pueden permitirlo la literatura y la imaginación. De hecho, a pesar de tratarse de una novela juvenil se apuntan importantes teorías de la literatura “de ficción”:
“- Entonces, se creará otro Grandale…, otro mundo.
- Sí. Hay muchos flotando por ahí. Se llaman realidades paralelas, y no podemos saltar a ellas. Al menos –dijo él, con precaución-, yo no lo he intentado”. Página 124;
“¡Soy real! –protestó Vincavec-. ¡Llevo años siendo real! Lo único que ocurre es que no soy real… en tu mundo. Por ahora al menos”. Páginas 124-125.
Teniendo en cuenta la literatura, el paisaje que viene configurando Espido con la magia de sus palabras, estas afirmaciones no son baladíes.
Por si quedase alguna duda de la imbricación de esta novela con el resto de sus obras “para adultos”, hay que tener en cuenta que se citan lugares de la geografía creada de la autora como Oilea (la ciudad protagonista de Donde siempre es octubre) a la que un personaje, hijo de mercaderes, dice que sus padres le han enviado a estudiar. Teniendo en cuenta las sombras y las nieblas que se cernían sobre aquella ciudad y la crueldad de algunos de sus personajes, no nos extrañará el comportamiento de este personaje en La última batalla de Vincavec el Bandido. O el propio Duino, una de las localidades que aparecían en Melocotones helados, donde siempre me ha cabido la duda de si había metáfora en esta población conteniendo el castillo de Duino, cerca de Trieste, donde Rilke comenzó a escribir sus Elegías (autor no desconocido por la autora pues no hay que olvidar que de Rilke es la primera cita de su primer libro publicado, Irlanda y ella misma ha confesado, hablando de su poemario Aland la blanca, que vuelve siempre a estas poesías). Además, el personaje que aparece en el título, cederá también, más adelante, su nombre a uno de los que pueban Nos espera la noche: y las realidades reaparecerán escritas con diferentes historias, con los mismos nombres, diferentes lugares, o quizá los mismos…
Esta novela, en la que se mezclan los personajes, los mundos, los buenos, los malos, los blancos, los negros y los grises, es de gran valía y da claves básicas dentro de la obra global de Espido, pero además es una narración de la que se puede disfrutar como un niño, como un adolescente de nuevo, pendiente de la siguiente aventura, de lo que podrá suceder o cómo se solucionarán los problemas creados, y además con una alegría, con un sonrisa permanente en la boca y en el corazón.
“Quedaba atrás la especulación y los planes cuidadosamente trazados, y sentía el alivio de intuir que el sueño podía cumplirse, que el paraíso era posible, que para lograr las cosas bastaba con creer en ellas. Me había transformado de nuevo en una niña”.
Diabulus in musica. Planeta. 2001.
“Yo era yo. Eso importaba poco, porque nunca había encontrado ocasión para ser otra cosa”.
Diabulus in musica. Planeta. 2001.
“Me gustaba también Ucello, cómo su San Jorge caballero implacable destrozaba al dragón que mantenía presa a la princesa, y como ella continuaba en su lugar, digna y erguida, hasta que aquella lucha hubiera terminado… Junto a ellos el dragón, con sus ocelos de mariposa en las alas, se arrastraba por el suelo, herido, inevitablemente enternecedor”.
Diabulus in musica. Planeta. 2001.
“En la escala musical, que los griegos habían intentado depurar, se había deslizado una irregularidad, un error. Un intervalo no regido por las matemáticas, el recordatorio de que, por mucho que el hombre creara, era mortal y limitado”.
Diabulus in musica. Planeta. 2001.
“Se canta como se sangra. No existen más trucos: sin sangre, sin alma, el mejor oído, la disciplina más feroz, la técnica más depurada, se estrellan, como las notas, contra el vacío. Quien canta se enfrenta a una enfermedad terminal, a una hemofilia. Es, por tanto, una enfermedad sagrada, una enfermedad de reyes, como la locura; se venera a quien es capaz de sacrificarse en aras de la belleza, del servicio a los demás, del arte”.
Diabulus in musica. Planeta. 2001.
Escribe la propia Espido que “Esta historia ha sido contada de muchas maneras, en muchas ocasiones, pero nunca con dos fantasmas”. Es difícil saber a cuál de las historias que se desgranan en la novela se refiere. Y, además, no hay dos, sino varios fantasmas, seres transparentes, o no, que aparecen de forma permanente o de forma ocasional, y sobre todo uno, un protagonista absoluto que no es el que parece según se comienza la novela. Diabulus in musica es una obra corta con numerosos elementos: la presencia de la música, tan importante en la formación de la autora; los espectros, los mitos de lo soñado, los sueños de lo mitificado; localizaciones geográficas concretas: Londres, Bilbao, menciones a ciudades de los Estados Unidos, a París, a países nórdicos; detalles que anclan la historia en el tiempo como cuando, al hablar de su pasado reciente, la protagonista dice: “al otro lado de la ría se elevaba el esqueleto rojo del que años después sería el museo más famoso del mundo”, en mención evidente al museo Guggenheim; un personaje central que huye (“No sabemos dónde está lo mejor/ Busquémoslo en otros lugares” dice la canción Aitormena)… Algunos de estos elementos son tradicionales en su literatura y otros resultan novedosos por su concreción, por su localización en el mundo real.
La canción vasca Aitormena, a la que hacíamos mención, es un telón de fondo que habla de relaciones rotas a pesar de su valor, a pesar de todo porque, en definitiva, sólo somos humanos. Y esa canción es, o parece ser el diabulus in musica de la narración, el lugar por donde se cuela el primer demonio, el demonio que se va llevando a los personajes a sus sombras.
Y es posible, como señala la propia autora, que ésta y todas las demás historias hayan sido escritas ya, y quepa sólo introducir en ellas los fantasmas, su visión del pasado, su percepción inconsistente e infernal, infernal sobre la tierra. En este caso la narración engancha tanto como entristece, nos roba las esperanzas de un arte sencillamente disfrutado y hermoso, de unas relaciones donde uno se funde en el otro sin perder su esencia, su realidad misma, la capacidad de valorarse y quererse por cuanto es. Será porque el demonio le hace dudar. Será porque el demonio siempre se cuela por las imperfecciones. O porque las personas son reacias a aceptar su condición: “Al fin y al cabo sólo somos humanos”.
Como curiosidad diremos que en esta novela se hace mención a parte del argumento de Melocotones helados como un guiño a sí misma: “una secta sin nada que perder te confunde con tu prima”. Un humor muy especial, también marca de la casa.
“- Animales y humanos, ángeles y demonios, somos todos huéspedes de un universo marchito”.
Nos espera la noche. Alfaguara 2003.
“La noche era la casa de los murciélagos y los gusanos de lux”.
Nos espera la noche. Alfaguara 2003.
“Cerró los ojos y sintió la brisa y las imágenes deformadas al tener que pasar por el hueco de la cerradura del tiempo”.
Nos espera la noche. Alfaguara 2003.
“- Mira – dijo Sibila, apretando un terrón de tierra-, esto eres tú, Perlita, y soy yo, y esto es Vincavec. Los ángeles van al cielo y los peces al mar, pero los hombres y las mujeres están cosidos a la tierra, porque lo único que sabemos es que un día surgimos entre la sangre y que hemos de acabar en la tierra. Lo que quede antes o después, el cielo y los ríos, eso es cosa de ángeles y de doctores”.
Nos espera la noche. Alfaguara 2003.
“El amor es una mentira, una cadena de mentiras en la que cada uno hace cosas sin importancia y cae de pronto en la cuenta de lo importante que era lo que estaba haciendo”.
Nos espera la noche. Alfaguara 2003.
“Las murmuradoras tienen reservada una silla a la puerta del infierno para continuar allí arreglando el mundo”.
Nos espera la noche. Alfaguara 2003.
“Apenas recuerdo ya lo que era antes. La monotonía dulce de madrugar para tostar pan blanco y untarlo con mantequilla…”.
Nos espera la noche. Alfaguara 2003.
“En una ocasión, estando aún en el seminario, Deagad había asistido a una conocida romería en Astaregar. Se llevaba a cabo en los alrededores de una iglesia muy antigua, cubierta de azulejos de un verde llamativo, en honor al arcángel San Gabriel, del que la ciudad era devota. Seis hombres se azotaban las espaldas sin descanso, y como los látigos estaban provistos de pequeños cristales la piel se abría y reventaba en ampollas con sangre. Los fieles congregados alrededor de los penitentes asentían con la cabeza, y algunos hacían promesas al ángel. Hombres encapuchados de blanco y negro vagaban por la ciudad como fantasmas en la noche, portando imágenes con expresiones dolientes o de agonía, y amenazaban a grandes voces con el advenimiento del fin del mundo”.
Nos espera la noche. Alfaguara 2003.
“Es difícil saber de qué debemos estar orgullosos cuando el mundo cambia con tanta rapidez”.
Nos espera la noche. Alfaguara 2003.
La novela Nos espera la noche, segunda entrega de la trilogía, en un sentido amplio, de mundos paralelos y mitologías de nuevo cuño, comenzada con Donde siempre es octubre, combina una serie de elementos que convierten la obra en un puzzle sombrío, extraño y magnífico. En la rareza de algunos personajes, y de las localidades en que viven, muchos encontrarán reminiscencias de sagas como El señor de los anillos. Sin embargo la decadencia del lugar, la extraña psicología de algunos de los protagonistas la acercan mucho más a esa otra y extraña trilogía de Mervin Peake: The Gormenghast Trilogy, aunque sin el peso de la decadencia aristocrática de un castillo y su dinastía. Pero más allá de un mundo imaginario y oscuro, ambicioso y decadente, hay otras facetas muy a tener en cuenta.
En ocasiones parece recordar a una Ana María Matute que describe gentes crueles de los campos secos; y a veces a las novelas del oeste, con una tienda de abastecimiento donde se arreglan las sillas de montar y se venden frascos de perfume. También hay guiños a los cuentos; es el caso de Blancanieves con la aparición de un sepulcro de cristal. Tampoco faltan canciones populares de gran tristeza y de aversiones profundas. Y por supuesto también hay que contar con fantasmas y personajes que hablan sin que tengamos muchas seguridades de si están vivos o no, recordando aquel pueblo de Pedro Páramo, la Comala donde los muertos dialogaban en sus tumbas.
Es una obra compleja, que exige la complicidad del lector, su implicación y su atención para un disfrute completo. Hay una estructura imbricada nuevamente, y una oscuridad, un cielo encapotado y sombrío sobre los corazones, sobre las tierras y los caminos, sobre los recuerdos. Remordimientos, leyendas de ahogadas que presagian la muerte, amores que se pudren al no decir su nombre o no saberlo decir…
Se masca la continua tragedia. Se multiplica como brumas que nos atrapan en una red de relaciones familiares y odios antiguos que son parte ambición y parte vacíos y amores no correspondidos. Como un queso gruyere, la historia parece poblada de hoyos, de inconsistencias de carne y de razón, de espíritus, de muertos que la convierten en una vieja mansión al borde del colapso. Todos esos párrafos de otoños lluviosos…
“…he vivido suficientes traiciones como para desconfiar de quien me vende el pan, he visto el envés del mundo cínico y rastrero, y a veces pienso que si me acompañara el cuerpo y me abandonara la moral, me resultaría más rentable e infinitamente más sencillo venderme por horas y que fueran mis clientes los que pagaran mi hipoteca y mis vestidos , y mis caprichos que de pronto, estoy segura, se volverían muy caros…”
La diosa del pubis azul. Planeta. 2005.
“Nos creemos a salvo del peligro, indestructibles, como los niños, que no saben que van a morir, como los adolescentes, que se creen invulnerables, como las muchachas hermosas, que fían en su rostro y en un bonito vestido el triunfo sobre la vida”.
La diosa del pubis azul. Planeta. 2005
En 2005 aparecía un proyecto muy interesante, una novela escrita a medias con el escritor y periodista de casta Raúl del Pozo. A través de capítulos cortos, imágenes certeras de literatura encendida “ojos de viuda”, “euros a rayas” se nos cuenta la historia de un crimen en el Madrid de nuestros días. Pasándose la pelota Raúl del Pozo y Espido Freire (o a la inversa), consiguen conformar personajes auténticos, que se mantienen por su lenguaje, por sus campos semánticos, sus giros, sus personalidades algo prototípicas pero a pesar de todo con resquicios suficientes de originalidad.
Así se desgrana la historia de un crimen en un lugar concreto y conocido y en una época datable a través de referencias concretas de Raúl del Pozo, algo poco común en los hábitos literarios de Espido (con las excepciones anotadas, por ejemplo, del Bilbao de fines del siglo XX de Diabulus in musica y la Tenerife de principios del mismo siglo de Soria Moria). La historia se dinamiza con dos estilos tan diferentes como complementarios y el choque de los mismos provoca en la obra una grata riqueza de registros lingüísticos, metáforas, referencias y puntos sobre los que giran los dos personajes protagonistas, muy distintos pero ambos de gran calidad literaria. El juego de informaciones que los escritores y los personajes se intercambian hace que el lector se sienta frente a una especie de partido de tenis en el que la pelota sabe a veces dónde irá a parar antes de que haya sido disparada por la raqueta. Pero no el lector, que se verá sorprendido por esas “filtraciones” que se explican por una inteligencia superior de los personajes que se anticipan a la realidad, que la intuyen o la huelen, como buenos policías.
La diosa es la excusa para que se forme un entramado de personajes secundarios y actuales vistos a través de prismas muy diferentes, caleidoscopio contemporáneo contemplado con dos gafas de colores muy distintos, pero ante todo es el escaparate para asomarse a dos personalidades bien delimitadas que en su tira y afloja nos llevan por las páginas con frescura, rapidez y acierto.
“Los gatos de Isabella se acercaron a frotarse contra las piernas de Dolores; su cola marcaba una interrogación repetida”.
Soria Moria. Algaida. 2007.
“Soplaba un poco de brisa, y las celosías de los miradores silbaban como flautas. Toda la casa olía a mar”.
Soria Moria. Algaida. 2007.
“Antes eran las modistas las que acudían a las casas de las buenas familias. Cosían lo que se les mandaba, y cobraban un precio razonable. Desde que los hombres os han convencido de que los vestidos son arte, sois vosotras las que corréis a verles, y pagáis sin rechistar tres veces más de lo que valen”.
Soria Moria. Algaida. 2007.
‘S.s.s.q.s.m.b’
‘Su segura servidora que su mano besa’.
Un acertijo, un trabalenguas español. Tres tristes tigres. ‘Su segura servidora’.
Soria Moria. Algaida. 2007.
“Los hombres no somos más que criaturas débiles, Dolores, unos pobres pecadores hundidos en el fango a cada paso que damos. En vosotras, las mujeres, reside la esperanza. Vosotras perdonáis y curáis nuestras heridas, y nos amáis tal y como somos, aunque os apartemos y causemos vuestra desgracia. Dios os creó para que supiéramos que aún quedaba esperanza en el mundo”.
Soria Moria. Algaida. 2007.
“Los tiempos están cambiando. Lo que nos sirve ahora difícilmente nos será de utilidad dentro de cinco años. Cuando yo era joven, las modas se estancaban durante toda una vida, las costumbres eran fijas e incuestionables. Ahora, en cambio, las parisinas van en bicicleta y defienden la falda pantalón. Dios nos libre de ello… hasta que no nos quede más remedio que aceptarlo”.
Soria Moria. Algaida. 2007.
Ganadora del XXXIX Premio Ateneo de Sevilla de Novela con esta obra, Espido Freire sigue coqueteando en estas páginas (aunque cada vez como mayor elegancia, con mayor peso, con una evidente experiencia) con esos personajes femeninos que ya aparecieron en Irlanda. Son mujeres, adolescentes en las que fulmina una crueldad extraña que germina en flores de sangre negra como la muerte. Son personajes de una psicología realmente laberíntica, complejísima, como un puzzle picassiano; ellas batallan con armas inmateriales pero afiladas y frías (palabras, gestos, secretos, inventos, silencios). También vuelven a aparecer aquí mundos imaginarios y una atmósfera opresiva Eso nos lleva de nuevo a Irlanda, Donde siempre es octubre, Diabulus in musica, Nos espera la noche… y algunos de sus cuentos, generosamente publicados a veces en su página web: www.espidofreire.com.
Pero Soria Moria es más que esto. La escritora renueva, refuerza y mejora sus herramientas. Aquí aparece un mundo muy concreto, tanto en lo temporal como en lo geográfico: por un lado los meses que precedieron a la Primera Guerra Mundial, por otro la isla de Tenerife. De forma que los mundos imaginarios son aquí producto de la mente soñadora, escapista, de los personajes, especialmente una de ellos. También la historia se concreta en lo social, circunscribiéndose a las familias inglesas pudientes, y en lo temático, que añade conflictos generacionales entre hijas y madres.
Se habla aquí de encorsetamientos tanto metafórica como literalmente, y de fiestas donde se vigilaba tanto lo que se decía como lo que se guardaba, los gestos como su ausencia, lo que se vestía, lo que se comía y bebía y, sobre todo, lo que se mentía, con qué alcance y con qué finalidad. El libro está dirigido a lectores que quieran detenerse en determinados párrafos, en ese estilo que se disfraza de sencillez para irse complicando en la estructura y en los sobrentendidos. A pesar de todas esas concreciones, a pesar de bajar a mundos reales, Espido, no obstante, ha vuelto a dejarnos una obra sombría, donde la maldad humana no tiene conciencia o la ahoga entre mundos creados, fantasías donde perderse e ignorar la gris y mecánica realidad.
Mayo 14th, 2009 a las 23:14
Has conseguido definir, a la perfección, el espiritu de los cuentos de Espido. Oscuros, patologicos, entre la realidad y lo fantastico.